En Puerto Toro, isla Navarino, conocimos a Papito a quien le cambiamos una botella de vino por un balde de patas de centollas. Allí tomamos la decisión de cruzar el Drake al día siguiente.
El primer punto que tocamos fue Puerto Williams. Es el paso obligado para todos los veleros que van a Cabo de Hornos porque es territorio chileno y es necesario hacer los trámites de aduana y migraciones. El Club Micalvi, que es un viejo barco al que todos nos abarloamos, estaba totalmente atestado de veleros. A algunos de ellos los vimos después en la Antártida.
Luis nos acompañó a Ushuaia y nos dio una mano con todos los preparativos. Se quedó hasta el último minuto con nosotros. El día que zarpamos el barco estaba totalmente cargado d agua, víveres y combustible y la tripulación fresquita y sobre todo limpia, cosa que en el futuro sería poco frecuente.
Más allá del problema que tuvimos con el eje el barco se comportó magníficamente. Navegando con fuertes vientos en el Drake o respondiendo en maniobras ajustadas, el Antarktikos nos dio la confianza para para llevarlo y llevarnos al límite.
Mi amigo de tantos años con su serenidad y su fuerza para bancarse las situaciones más difíciles y aun así cumplir con su tarea, pronto se convirtió en un respetado referente. Siempre prudente y atento a que todo el mundo, incluyendo al capitán, cumpliera con las normas de seguridad. Sin embargo era el impulsor de la exploración. Su frase típica ante un “hay mucho hielo y es una caleta desconocida” era “si. pero cuando vamos a tener otra oportunidad de explorarla?”
Fino navegante, su experiencia fue valiosísima y nos enriqueció a todos. Siempre de buen humor y excelente trato con todos. Armó con Claudio el “grupo garreo” operando el fondeo en proa y con Ricardo el de exploración y trabajos con el bote. También con sus milanesas de soja no llevó durante algunos minutos al vegetarianismo.
El profundo conocimiento que tiene Claudio del barco fue esencial para resolver los problemas que se nos presentaron. Siempre dispuesto al trabajo por más duro que fuera participó activamente en toda la expedición. En su primera experiencia en navegación cruzó el Drake y no la pasó bien. Mil doscientas millas de aguas antárticas después, lo volvió a intentar y lo logró. Ahora nadie puede decir que es un principiante.
Trabajador incansable, siempre dispuesto a ayudar y muy gracioso. Panadero, pizzero, mecánico y lo que hiciera falta. Sufrió bastante el frío pero se lo bancó y cuando hubo que exponerse al clima y al agua lo hizo sin dudarlo. Un fenómeno.
Durante los próximos días iré publicando fotos de nuestra expedición. Pero quería empezar con lo que para mí fue la clave del éxito de nuestra expedición, la tripulación. Individualmente capaces, como equipo fueron formidables. Todas las maniobras se ejecutaron con precisión, cada uno concentrado en su función y coordinado con los demás. Pocas palabras, solo las necesarias para coordinar e informar, fueron la característica de su trabajo. Esa fue lo que nos permitió ir más lejos de lo que esperábamos.
El clima abordo fue de alegría, diversión, pasión por la exploración y respeto por los demás. Disfrutamos de nuestra compañía y nos dimos espacios de soledad aun en un lugar tan confinado. No hubo conflictos ni discusiones, en pocas palabras, la pasamos bárbaro.